miércoles, 2 de abril de 2008

La violencia va a la escuela

INVESTIGACION
La violencia va a la escuela

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Chicos contra chicos.Chicas contra chicas y también contra chicos. Los casos en el país se multiplican cada vez con más frecuencia. Sólo en los primeros cuatro meses del año, se detectaron 14.199 casos de agresiones físicas a alumnos bonaerenses. Yel último año, en la Capital, se denunciaron 176 episodios violentos en escuelas. ¿Esto tiene solución? Todavía no aparece.




Alba Piotto.
apiotto@clarin.com






Es simple. La mecha para el primer fogonazo se enciende fácil. Una mirada y vos-qué-mirás . Un pechazo y ella-medijo-que-vos-dijiste , un insulto al pasar, porque sí. Y punto. No hacen falta más excusas. Las aulas de las escuelas públicas, privadas, del conurbano o de plena Capital, son una caja de resonancia donde tarde o temprano, los chicos parecen descargar esa suerte de turbulencia por la que transitan desde hace tiempo. Y recién cuando algún caso salta el cerco de la escuela y se hace público, para muchos el mundo real hace plop como un chicle globo. Aunque, en realidad, no hay demasiado de qué asombrarse.

Por sólo nombrar algunos casos del año escolar que termina por ahora deja estas luces de “¡alto, peligro!”: una chica de 15 años fue golpeada por tres compañeros a la salida de la Escuela Técnica N°1 de La Plata, y terminó en el hospital. Otra nena, de 11, fue agredida por alumnas del sexto grado de la Escuela N°9 de
Villa Lugano. Le rompieron la clavícula. ¿Motivo? “Porque se hacía la linda y es una tonta”, habrían argumentado las agresoras. Hay más. Un informe del Ministerio de Educación de Catamarca dio a conocer que en los últimos seis meses, se duplicaron los casos de violencia en las escuelas de la provincia. En Presidencia Roque Saenz Peña, Chaco, un nene de séptimo grado fue a clase -en la Escuela N° 327- con una tumbera (una escopeta de fabricación casera) cargada con balas de calibre 36. Y un adolescente de 16 apareció frente a sus compañeros con una carabina calibre 22, en una escuela de enseñanza técnica de Neuquén. Una piba de 18 años apuñaló con un cuchillo de cocina a otro alumno en una escuela de Santa Fe durante una discusión. Y un chiquito de séptimo año del EGB, en José León Suárez, amenazó con una pistola 22 a un compañero de clase.
¿Bowling for Columbine? No, Argentina 2005.

Pero, ¿por qué habría que pedirles cordura full time a unos chicos cuyos padres, por ejemplo, son capaces de ir a trompear a una maestra porque no están de acuerdo con las notas que pone? ¿O cuando los adultos dirimen una discusión de tránsito con un tiro homicida en plena autopista? Bullying es el nombre que usan
los expertos para definir estas situaciones de violencia entre estudiantes. Un término inglés que denomina a los procesos de intimidación y victimización entre iguales, entre compañeros de aula, donde el maltrato va mutando desde el acoso verbal hasta los hechos.

Chicos contra chicos. Chicas contra chicas. Chicos contra chicos. Todos contra todos. A la hora de encontrar una respuesta, las causas tienen un nudo tan íntimo y familiar como social, en el que la historia pasada, la de ayer nomás y la de hoy, se constriñe cada día un poco más, y que, por ahora, no indica haber llegado a su límite. ¿Víctimas o victimarios? ¿Dónde está la diferencia?

Los terribles

El pibe tiene 15 años y el pelo teñido de amarillo huevo. Está en noveno año, el último ciclo del EGB de una escuela de Ingeniero Budge, a unos 20 minutos del Obelisco. Barrio de márgenes, de necesidades, de relaciones conflictivas, de inseguridad. Pero aún ante este cuadro de situación, la escuela no es de las más
problemáticas de la zona. Y su directora aceptó abrir las puertas para que VIVA escuche por boca de sus alumnos cómo capitalizan ellos el estado cotidiano de esa larva violenta que se instaló puertas adentro. Pero es sólo una muestra. Lo mismo podría escucharse, con matices, en cualquier punto del país.

No habrá nombres propios que los identifiquen, porque son menores; tampoco de la escuela en cuestión.
La primera bandada –y no de blancas palomitas precisamente– llega cuando termina el recreo. En el pizarrón hay resabios de una clase elemental de inglés. A los pibes les entusiasma la idea de contar sus códigos intraescolares. La voz cantante tiene dueño: el pibe teñido de rubio. Alto, delgado, entrador. Cualquiera se dejaría ganar por su cara de buen pibe. Y nadie duda que lo sea. Aunque por el momento, lidera una bandita (pandilla, le dicen) que maneja los hilos y los humores, no sólo de su entorno, sino también de la clase y de todo el resto de la escuela. Además, tiene muy buenas notas, algo que le da un handicap interesante. Para sus compañeros, es un ejemplo. Eso de “hace lío, pero es buen alumno”. Y los profesores reconocen que es muy inteligente. Pero cuando pega algún faltazo, su ausencia se nota: el resto está más relajado. “¿Cómo son las cosas acá? A estos les pegamos siempre”, arranca el rubio señalando a otros cuatro que lo miran con nerviosa mudez. “Ya lo saben: nosotros les vamos a pegar siempre”, azuza con una sonrisita candorosa. ¿Por qué pegarles? “Porque es así. Los que se dejan pegar y no hacen nada,
son unos tontos. Y estos son unos tontos. Se la tienen que bancar”. Se ríe el rubio y ríen sus “hermanos”,
como se llaman entre sí. Y los que cobran también se ríen, entre incómodos y nerviosos. Es curioso observar el dibujo que hicieron acomodándose en el aula. Los hermanos en el centro, y allá en el fondo, dos pibes inmutables, con el sigilo perturbado. No miran; no dicen ni mu. A lo mejor querrían estar en Marte cuando La re pandilla o Los mafiosos o Los terribles (como también se autodenominan), hablan entre excitados y verborrágicos.

El líder va por más: “A éste no le puedo pegar”, ningunea a uno que lo mira de refilón. Y se cuela una carga de adrenalínica humillación. El aludido refunfunea algo entre dientes, pero ni siquiera le sostiene la mirada al rubio. Obvia el comentario. Pero, ¿hasta cuándo? Sí querría estar descargando el aguijón que le acababan de clavar. “Y a aquél –siguen los terrible s– le hicimos aspirar una tiza entera. La molimos bien hasta que quedara hecha polvo, como si fuera cocaína, ¿vio? y se la tuvo que aspirar toda. Después andaba medio boleado”. Ja, ja,ja,ja. Al pibe agredido, un borrador le quitó la sonrisa. Contagio. Eso dice que tienen. Se les pegan las ganas de hacer lío o de estar malhumorados. “Cuando uno de nosotros viene sin ganas de nada contagia a todo el grupo. Y nos contagiamos el mal humor”, cuenta el de ojitos verdes, carita de ángel precoz.

Las causas son varias: algún problema familiar que traen colgado del cuello (y de los que prefieren no hablar) o porque se levantaron con la luna atravesada. Y en ese pastiche de posibilidades, caen los que vienen de afuera. La repandilla relata, con gran agitación, que el año pasado un compañero se quiso autoagredir (cortarse las venas, cuentan ellos) “porque nosotros lo molestábamos y, en parte, porque no entendía matemáticas”. El pibe terminó yéndose a otro colegio.

Pero no fue el único episodio de acoso insoportable. Dicen que si no los paran, cuando se agarran a las piñas, “nos matamos”. Y admiten, con férrea sinceridad, que “no está bien” manejarse en esos términos. Pero “es lo que hay”, define el líder del grupo como toda razón y justicia. Eso sí, en el futuro se ven, orgullosos, como servidores públicos: quieren ser policías.

Adentro y afuera

Violencia verbal. Acoso.Golpes. Gallos de riña picoteándose sin razón y ¿sin sentido? ¿Qué pasa con estos pibes que hablan de sus hazañas como quien se encuentra con viejos compañeros a repasar travesuras, algunas pavotas, es cierto, como la de tirar una naranja contra el ventilador de techo encendido para que toda el aula termine como un jugo de frutas? ¿Qué pasa con ellos cuando buscan socavar las resistencias de sus iguales?

Un relevamiento sobre violencia realizado por la Dirección de Psicología y Asistencia Social Escolar bonaerense, dio algunos resultados inquietantes sobre lo que pasa en el adentro y en el afuera de las escuelas de la provincia, donde van casi 4,5 millones de alumnos repartidos en 16 mil colegios. (Ver Cifras preocupantes ). Los números encabezan el maltrato emocional, físico, las peleas entre grupos rivales. Y le
siguen los robos, accidentes, uso de armas, consumo de drogas y alcohol, maltrato sexual, intentos de suicidios y suicidios, y dos asesinatos. “El estudio abarcó situaciones que nos permiten tener un conocimiento global de la violencia que vivien los chicos en el adentro y el afuera de la escuela”, explica la licenciada Lilian Armentano, de la Dirección de Psicología provincial.

Según la funcionaria, muchas veces los conflictos entre pares en la escuela empiezan en el afuera, en los barrios donde viven o en los lugares donde van a bailar: “Y lo que no se dirimió en el afuera, termina dirimiéndose en el adentro”. Cuestiones territoriales, antagonismos, peleas por un chico o por una chica. Por diferencias en el aspecto físico o por potencialidades intelectuales. Los expertos hablan de esa perturbadora necesidad de “aniquilar” al otro que subyace en todo el problema de la violencia.

“Es importante remarcar que estos pibes no nacen violentos, sino que van tomando conductas del medio donde viven”, explica Armentano.

Y define: “La violencia entre pares también tiene que ver con la época en que se vive”. La funcionaria actuó, entre otros, en el caso de Junior, el chico de Carmen de Patagones que hace un año produjo una masacre.

Para los especialistas, la degradación económica convirtió a muchos hogares en generadores de una tensión inusual. Donde la autoridad parental se rompió, y los que traen el sostén son los mismos chicos. “Y en ese caso, si no proveo, no puedo poner ley ni orden”, ensaya Armentano, en relación a la nueva relación en el seno familiar.

En la Defensoría del Pueblo porteña hay 147 expedientes de denuncias de violencia en las escuelas de la Ciudad entre pares, de maestros a alumnos, de padres a maestros y de directivos a docentes. “Las escuelas se convirtieron en espacios sociales donde repercuten sin filtros una realidad social; no son burbujas ni templos del saber como en otras épocas”, estima Gustavo Lesbegueris, defensor adjunto.
“Y los docentes están sobrepasados”, agrega. ¿Ejemplos? En una escuela de Palermo, un chico fue a clase con una escopeta de aire comprimido. Otro, con una faca (arma casera), le dio un puntazo a una profesora que se desmayó de pánico. Un nene de una escuela primaria del Bajo Flores llevó una pistola en su mochila. Y en una escuela católica, a la salida de una misa, las piñas dejaron atrás el saludo de la paz entre
chicos de sexto y séptimo. El incidente terminó en un juzgado, acusados de lesiones y amenazas. Si se hace una progresión de las denunicas en la Defensoría porteña, la escalada va en ascenso desde el 2001.

Un pibe de una escuela privada de Caballito, clase media, también habla de grupos rivales que se buscan hasta que terminan con la nariz sangrando o el dedo fracturado, como ocurrió hace pocos días con una chica de su colegio, a quien agarraron a golpes otras adolescentes, por causa de un noviecito. “Las peleas son porque uno es de Flores y el otro de Floresta, o de La Paternal. Y en general, las piñas son en los alrededores de la escuela. Adentro, esta más o menos controlado todo”, comenta el pibe de Caballito.
¿Las chicas? Van a la par: “A veces las tenemos que separar nosotros (los varones) para que no se maten”, admite el adolescente, hijo de profesionales. Rivadavia y Nazca, los sábados puede ser un buen escenario para que se crucen los grupos que suelen ir a bailar en los boliches de la zona.

Vínculos alterados

Hay varias manifestaciones del comportamiento antisocial en las escuelas. El psiquiatra Infanto Juvenil, Héctor Basile, de la Asociación de Psiquiatras Argentinos, repasa algunas características: la disrupción en el aula (alumnos que impiden el desarrollo normal de una clase), los problemas de disciplina (resistencia,
boicot, desafío o insulto al docente), la discriminación (al bolita, paragüa, yorugua, o al obeso), el maltrato entre compañeros ( bullying , que incluye amenazas y la violencia física). La eficacia del bullying está en el
silencio del agredido, porque se siente ridiculizado y bloquea su posibilidad de hablar.

En cuanto a la irrupción de la violencia por el lado femenino, Basile responde: “Están cambiando los arquetipos ligados al género, a relacionar la violencia con lo masculino y poner a la mujer en otra posición más tierna y contenedora”. Los tiempos son otros y “muchas veces la sociedad fuerza a las mujeres al falso
dilema donde ejercer la violencia es ejercer paridad de derechos con los hombres”.

Las chicas de Budge entran al aula como un torbellino: “¿Qué dijeron los chicos de nosotras?”. En realidad, ni las nombraron. Pero ellas arremeten: “Ellos hacen lío para hacerse los machos, los guapitos”, dicen sin
bajar los decibeles de voz. “Y nos discriminan”, se quejan al unísono. Pero no se quedan atrás: “A mí me molestaba uno y terminé dándole un cachetazo. Se la tuvo que comer”, suelta una. A la del buzo negro y verde, por habladurías, cuenta, un grupo de pibas del barrio la agredieron. “Yo de a una me la bancaba, pero cuando fueron seis o siete, ya no. Entonces vinieron ellas (las de su grupo) a ayudarme”. ¿Edades?
Entre 13 y 15 años.

¿Y qué piensan ellas de esas pibas que le rompieron la clavícula a otra en una escuela de Villa Lugano? Respuesta inmediata: “Está muy bien que se la hayan dado si se hacía la linda”. Cuestión de parámetros. “No te podés hacer la linda”, regula una. Desde la Secretaría de Educación porteña, Roxana Perazza,
evalúa “con preocupación y señal de alerta” el estado de violencia en las escuelas porteñas. Y agrega
que es un fenómeno que puede y debe ser analizado y trabajado desde la escuela, con las familias: “Tenemos claro que la escuela no es una usina generadora de violencia, sino que la violencia social, a veces, se manifiesta en la escuela”. Es evidente, dice Perazza, que “un alumno que comete un hecho violento no deja de ser un chico que demanda algunas cuestiones que los adultos tenemos que escuchar”.

Para Gustavo Iaies, presidente del Centro de Estudio de Políticas Públicas, especialista en educación,
esa demanda reside en “la dificultad en los adultos en poner límites; a los padres les está costando mucho hacer de padres y los pibes terminan construyéndose uno propio”. Pero es evidente que algo más se rompió. Iaies dice que se hizo trizas el contrato entre la escuela y la familia. “El modelo de escuela estaba ajustado a un modelo de familia que cambió. Y a los educadores les está costando mucho entender el proceso de cambio social. Seguimos pensando que la escuela es la misma de siempre. Y no se dieron cuenta de la dimensión del cambio”.

Los chicos, acaso, estén avisando. Así, descarnadamente.